No solo la muerte desencadena el duelo: Duelos invisibles.

En otras ocasiones hemos hablado del duelo como un proceso de adaptación emocional ante una pérdida de algo sentido como valioso (un ser querido, un empleo, una relación). En el lenguaje popular, la palabra duelo parece estar indisolublemente asociada a la idea de muerte. Para la mayoría de las personas, van de la mano. No obstante, el duelo es un concepto mucho más amplio y son muchas las experiencias vitales que pueden desencadenar reacciones de duelo. Hoy hablaremos de algunas de ellas:

  • Pérdida de planes y sueños que no se cumplen

La mayoría de nosotros crecemos construyendo una serie de ideas sobre cómo queremos que sea nuestro futuro y qué metas queremos alcanzar en las distintas etapas de nuestra vida. Pero pasan los años y no estamos donde queríamos estar…

Un estudiante brillante que, al salir al mercado laboral, no encuentra trabajo.

Una persona o una pareja que desea tener hijos y resulta tener problemas de fertilidad.

Un trabajador insatisfecho con su trayectoria laboral.

Cuando deseamos algo intensamente, nos esforzamos para conseguirlo y finalmente no sucede, la frustración y la decepción son reacciones comunes. Este tipo de duelo va acompañado por una pérdida de sentido. Nos preguntamos ¿para qué tanto esfuerzo? ¿y ahora qué?. Tomamos conciencia de que no teníamos tanto control como pensábamos sobre aspectos importantes y comparamos nuestro recorrido y sus resultados con los de otros, que sí han logrado aquello a lo que aspirábamos. Sentimos que hemos fracasado. ¡Y no es justo!.

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  • Pérdida de identidad

Las personas nos definimos por nuestras actividades y nuestro mundo relacional. Cuando dejamos de realizar una actividad relevante para nosotros o cortamos con una relación, una parte de lo que hasta ahora ha constituido nuestra vida desaparece:

Un divorcio implica el duelo por la esposa o el marido que ya no soy, por los planes de un futuro compartido junto a esa persona.

Una mastectomía puede suponer un duelo por la idea previa de feminidad relacionada con el cuerpo.

Un giro en la carrera profesional o un cambio de trabajo supone un duelo por la identidad perdida.

Abandonar una asociación o un colectivo puede suponer un duelo por la pérdida del sentido de pertenencia y filiación.

La emancipación de los hijos conlleva un duelo por la pérdida del rol de padre/madre proveedor.

Cuando perdemos una de nuestras identidades primarias, nos enfrentamos a un proceso de duelo por quienes creíamos que éramos. Para poder elaborar y superarlo tenemos que integrar la pérdida en nuestra historia personal. En algunos casos, no tenemos control sobre lo que sucede y sentimos que nos han robado la identidad: un divorcio no deseado, una mastectomía en un proceso oncológico… En otras ocasiones tenemos voz y voto sobre lo que ocurre, aunque no por ello el duelo resulta más sencillo: la ambivalencia que acompaña la toma de decisiones, el no tener garantías de que los cambios sean para mejor, hace que la persona sienta también la pérdida, aunque por haber sido voluntaria se le niegue el derecho a expresar su malestar y a hacer explícito su duelo.

  • Pérdida de seguridad

Por lo general, esperamos sentirnos a salvo en nuestro hogar, en nuestras relaciones y en nuestro entorno cotidiano. Sin embargo, esta seguridad puede verse amenazada por distintos acontecimientos vitales:

El descubrimiento de una infidelidad provoca una pérdida de la seguridad emocional en la relación.

Los hijos de un matrimonio en proceso de divorcio pueden enfrentarse a la pérdida de seguridad al modificarse la estructura de su familia.

Cuando entran en una vivienda a robar, sus inquilinos pueden sentir invadida su privacidad y perder el sentido de seguridad física.

Las víctimas de abusos físicos y psicológicos pueden tener problemas para sentirse seguros en su día a día como consecuencia del trauma.

La pérdida de seguridad, sea física o emocional puede provocar que la persona perciba su mundo como un lugar amenazante. En estas situaciones es habitual que la persona mantenga un estado de alerta exagerada, incluso en ausencia de peligro o, por el contrario, parezca adormecida y desconectada de la realidad. En los casos de estrés postraumático, además de elaborar el trauma, nos enfrentamos al proceso de duelo y reconstrucción de su sentimiento de seguridad.

  • Pérdida de autonomía

Verse incapaz de hacer por uno mismo lo que siempre hemos hecho supone un cambio vital al que resulta difícil adaptarse. Nos hace sentir que perdemos el control de nuestras vidas y, en muchos casos, nos coloca en una situación de vulnerabilidad y dependencia.

El envejecimiento natural que, a la larga, implica una mayor dependencia de los demás, conlleva un duelo por la vida anterior, por la autonomía, por la identidad como un miembro que aporta a la sociedad…

El desarrollo de una enfermedad que implica un deterioro físico y/o cognitivo, abrupto o progresivo, y una pérdida de funcionalidad.

Una pérdida económica grave que implique pedir ayuda a los demás supone un duelo por la propia identidad, por el estatus social y un proceso de adaptación a la nueva situación.

Una de las mayores preocupaciones de las personas, tanto sanas como enfermas, a medida que vamos envejeciendo, es la pérdida de autonomía, y esta pérdida desencadena un duelo: se pierde la independencia y la capacidad de funcionar solo, de decidir cuándo y cómo hacer cosas cotidianas. Si a esto se suman discrepancias familiares sobre los cuidados a la persona dependiente y dificultades económicas, la sensación de fracaso y las preocupaciones se disparan. Y comienza la tarea de lidiar con estas pérdidas y reconceptualizar quienes somos a pesar de estas limitaciones.

Todas estas pérdidas son, en sí mismas, motivo de duelo. No obstante, el dolor por la pérdida, la necesidad de expresar el malestar para poder elaborar y adaptarse a las nuevas circunstancias son procesos que, desafortunadamente, suelen invisibilizarse y deslegitimarse.

Cuando nos encontramos en situaciones de este tipo, nuestro entorno puede transmitirnos que no tenemos derecho a sentir lo que sentimos, que no es para tanto. Sin embargo, cuando nos planteamos estas situaciones en términos de duelo, el tránsito por esta época de desorientación puede verse facilitada: El doliente es tratado con paciencia y cariño, sus sentimientos tenidos en cuenta. Se le permite expresar las emociones que necesite, porque se reconoce que es necesario para sanar sus heridas.

El uso de la palabra duelo es adecuado, puesto que abarca la realidad interna del proceso que la persona está viviendo, legitima y concreta lo que sucede y además facilita la comunicación con los demás.

Las pérdidas descritas, sean o no trágicas, son pérdidas reales.

Tienes derecho a vivir tu duelo. 

Acompañando desde el amor – Jeff Foster

Me encuentro a diario, tanto dentro como fuera de la consulta, con personas que sufren y con otras que no saben cómo ayudar a quienes quieren a manejar su sufrimiento. Nos cuesta mucho mirar al dolor a los ojos, sea propio o ajeno.

Hoy quiero compartir con vosotros un texto de un astrofísico que emprendió una búsqueda espiritual y se ha convertido en un referente para muchas personas, Jeff Foster. Sus palabras sencillas y su estilo directo, cargado de humor y compasión, nos ayudan a entender la importancia de la presencia y la gratitud.

 

Cuando alguien que amamos se encuentra con dolor físico o emocional,
Cuando su mundo no parece tener más sentido,
Tu simple escucha puede hacer maravillas.

Llora con él/ella,
Quédate en silencio con el/ella,
Valida su sentimiento, aunque sea doloroso.
Ayúdale a sentirse conocido en este mundo.

No le ofrezcas respuestas inteligentes ahora; ofrécete a ti mismo/a.
No reces o enseñes,
No lo/la juzgues, o hagas sentirle que está equivocado/a por como piensa,
Para que no se sienta solo/a.
Para que pueda percibir su propio coraje,
Su capacidad para permanecer con sentimientos intensos.

Cuando un amigo se encuentre con dolor físico o emocional,
Cuando su mundo parezca no tener más sentido,
Ofrécele la mejor medicina de todas:
Tu amor.

– Jeff Foster

Formación: Acompañamiento en duelo en contexto funerario.

Una de las facetas más enriquecedoras de mi trabajo, además del trato con los pacientes, consiste en poder relacionarme con otros profesionales. Hace años que colaboro con una gran empresa, líder en su sector, atendiendo a familias en duelo, tanto en los primeros momentos (intervención en tanatorio), como en el proceso de adaptación a una realidad donde la persona querida ya no está.

LOGO FGSe trata de Funeraria Gijonesa. Hace 140 años que esta compañía forma parte de la historia de Asturias, y esta larga trayectoria no es fruto de la casualidad, sino del buen hacer y el compromiso.

Os contaba en un post anterior cuáles son las funciones de una psicóloga en el contexto funerario. Y es que el compromiso de Funeraria Gijonesa no va dirigido solamente a las familias que requieren de sus servicios, sino también a los profesionales que forman parte de su plantilla. Por ello se les ofrecen distintas acciones formativas que les permiten, por una parte, mantenerse actualizados para poder proporcionar el mejor servicio posible a los dolientes en un momento de gran vulnerabilidad, y por otra cuidar de sí mismos. Después de todo, trabajar a diario con el dolor humano provoca un inevitable desgaste. Y los funerarios son, antes que funerarios, personas.

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Es un placer poder participar del trabajo de estos compañeros y poder aportarles mis conocimientos, así como aprender de ellos y de toda su experiencia.

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Si nos necesitas, estamos a tu disposición.

 

Nos vemos en el próximo post.

Duelo durante el embarazo

Por suerte o por desgracia, la muerte cuando llega lo hace sin consultar la agenda de quienes estamos cerca. Y a veces nos sorprende cuando estamos esperando la llegada de otro miembro a la familia.

En momentos así, la mujer embarazada siente mucho miedo. Además del dolor y la tristeza por la pérdida de alguien querido, surge una inmensa preocupación: la de que todo lo que está sintiendo afecte al feto.

duelo embarazo luto desarrollo postparto psicologiaEl fallecimiento de un familiar trae consigo un sufrimiento considerable, y el estrés afecta, sin duda, al feto. Aunque cada mujer embarazada afronta la pérdida de manera diferente, al igual que el resto de personas del entorno: la reacción a la pérdida depende de la historia de cada uno y de la relación con la persona fallecida. Además, ciertas variables relacionadas con las circunstancias de la muerte: quién es la persona fallecida, si se trata de algo previsible o si, por el contrario, es una muerte repentina.

Las consecuencias de la ansiedad durante el embarazo pueden ser muy variables en función del momento de la gestación en que la madre se encuentre: Si se trata de las primeras semanas, puede producirse un aborto espontáneo. En el tramo final del embarazo, el parto puede adelantarse, especialmente si se trata de un fallecimiento repentino.

En todo caso, son numerosos los estudios realizados en los últimos años sobre la influencia de la ansiedad materna en el bebé. Muchos de ellos concluyen que el estrés de la madre durante el embarazo tiene consecuencias en su desarrollo tanto físico como emocional y cognitivo, a corto, medio y largo plazo.

Sin embargo, no es conveniente ser alarmistas. Ciertamente, el mundo emocional de la madre llega al feto a través del mundo químico que le rodea en la placenta, pero al igual que está protegido del impacto físico, también lo está de emociones extremas.

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Al igual que se recomienda en cualquier otro momento de la vida, durante el duelo en el embarazo es fundamental permitirse sentir y comunicar las emociones. Cuidarse de las maneras más básicas: alimentación y sueño. Con frecuencia nos encontramos que las personas que han perdido a alguien querido dejan de comer o lo hacen de manera desordenada, se aíslan, tienen problemas de insomnio y descuidan sus necesidades fundamentales. Estos comportamientos negligentes pueden afectar también al feto.

Algunas personas, a fin de paliar el intenso dolor de la pérdida, deciden buscar alivio en la medicación. No me cansaré de repetir que un duelo no es una depresión. Y los ansiolíticos pueden, puntualmente, ayudarnos a reducir parte de la sintomatología: el llanto incontenible, la angustia, la dificultad para dormir, pero no solucionan, no nos van a quitar el dolor de la pérdida. En el embarazo, desde luego, no es lo más recomendable, sin embargo, si se recurre a medicación, resulta aún más importante hacerlo bajo un estricto control médico.

El duelo conlleva una serie de fases, cargadas con sus respectivas emociones, incompatibles muchas veces con la felicidad y la ilusión que suelen acompañar la llegada de un niño. El mundo emocional de la mujer embarazada en duelo resulta contradictorio: Sentir tristeza y dolor, miedo, rabia, impotencia… Entra en conflicto con la esperanza y la alegría de sentir la vida creciendo. Y puede aparecer, en en esta receta emocional, un ingrediente más: La culpa por no poder permitirse sentir. Porque su bebé no merece que su madre esté triste. Porque no puede permitirse estar alegre sabiendo que su persona querida ha muerto. Menudo dilema, no poder sentirse como uno se siente. Y no poder dejar de sentirse de ese modo, pues es lo que corresponde a las circunstancias que se están viviendo.

Tanto durante el embarazo como en el postparto, el acompañamiento y el apoyo emocional son fundamentales. Más aún si se produce un duelo.

Si nos necesitas, estamos a tu disposición.

 

Nos vemos en el próximo post.

 

 

Decisiones difíciles: ¿Me lo quedo o te lo doy?

 

¿Cuántas veces te has visto en una situación en la que tenías que desprenderte de algo valioso para ti? No es nada fácil. Cuando nos vemos entre la pérdida propia y la ganancia ajena, mostramos lo que somos.

https://www.youtube.com/watch?v=8U8IIb7SoGk

Si no es mío, lo devuelvo.

Si no puedo quedármelo, lo dejo ir.

 

The other pair, dirigido por una joven de sólo 20 años, Sarah Rozik, resultó ganador en el Festival de Cortometrajes de Egipto en 2014. Y no es de extrañar.

¿De qué has tenido que desprenderte tú? ¿Qué te ha sugerido esta historia?

Me encantará leer tus comentarios.

¡Hasta el próximo post!

 

 

El duelo, ¿exclusivamente humano?

En varias ocasiones hemos hablado del duelo: Sus tareas, sus etapas, su función y las emociones que acompañan el proceso.

Sin embargo, algo que hasta ahora no hemos mencionado es que esta respuesta, reacción normal y natural ante una pérdida, no es algo exclusivamente humano.

Los humanos no somos tan especiales como nos gusta creer.

En el mundo animal también hay ejemplos, tanto de duelo como de luto. Entendemos por luto la aflicción por la muerte de una persona querida, que manifiesta con signos externos visibles: comportamientos sociales y ritos religiosos.

Los elefantes, por ejemplo, se despiden tocando el cuerpo del fallecido con su trompa.

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Los delfines pasan días acompañando y protegiendo el cuerpo de su fallecido. Cuando la pareja de un ganso muere, éste pasa el resto de su vida viudo y no vuelve a procrear.

duelo luto funeral pérdida muerte perro cementerio psicologo gijonSe conocen casos de perros que han rastreado la tumba de sus amos y han permanecido allí, en muestra de su lealtad y afecto, durante meses.

¿Y qué ocurre con nuestros primos hermanos, los primates? Algunas especies cargan con los cuerpos de sus crías fallecidas durante semanas, y todos ellos sienten y expresan la pérdida de un miembro de su manada.

En el experimento que compartimos hoy, un monito de juguete cae desde lo alto de un árbol. ¿Cómo reaccionará el resto?

https://www.youtube.com/watch?v=dlxcRzfSeVE

 

Date permiso para vivir tu duelo y sentir tu pérdida. Es parte del camino.

Y si necesitas ayuda, no dudes en ponerte en contacto con nosotros.

¡Hasta el próximo post!

Duelo y olvido: «Tengo miedo de olvidarme de él/ella»

Cuando la confusión y el dolor van difuminándose para dar paso a la tristeza por la ausencia de un ser querido, los detalles que hacían a esa persona especial parecen imborrables. Sin embargo, pasan las semanas y los meses, avanzamos en el proceso de duelo y poco a poco algunos detalles van perdiendo nitidez. La voz, la forma de andar, el sonido de su risa…

Es frecuente que, pasado un tiempo del fallecimiento, surja en las personas el temor a olvidar a quienes ya no están con nosotros. En estas últimas semanas, son varias las personas que, en consulta, me han comentado su preocupación por este tema.

Muchas de las frases típicas que se escuchan tanto en el tanatorio como en el tiempo posterior a una pérdida identifican la superación del duelo con el olvido: «tienes que intentar pasar página», «tienes que seguir adelante», «no pienses tanto en ello»… En otra ocasión hablaremos de todos estos clichés, que sirven de poco y pueden dañar mucho a quien los escucha.

Se trata de un error considerar que el proceso de duelo acaba con el olvido: Nunca podremos borrar lo que esa persona ha significado y aún hoy significa para nosotros. Y podemos continuar adelante, pero en ningún caso quiere decir que vayamos a olvidar.

Insisto mucho en que el duelo es un proceso natural e inevitable. Se desencadena por la pérdida o separación de algo o alguien importante para nosotros. En palabras de Doug Manning:

«El duelo es tan natural como llorar cuando te lastimas, dormir cuando estás cansado, comer cuando tienes hambre, estornudar cuando te pica la nariz. Es la manera en la que la naturaleza sana un corazón roto».

El camino que el duelo supone, por tanto, no tiene como finalidad borrar todo resto del paso de esa persona por nuestra vida, sino crecer y transformanos, permitiéndonos recuperar la esperanza en un mundo en el que nuestra persona querida ya no está.

El temor a olvidar es legítimo, como lo son todas las emociones y preocupaciones que acompañan a las personas en duelo. Sin embargo, olvidar no es posible (ni siquiera cuando lo desearíamos) ni realista.

La meta, y el fin del proceso de duelo, es el recuerdo sereno que permite honrar la memoria de quien ya no está, manteniendo viva la relación a pesar de su ausencia. ¿Y cómo hacemos esto? Hablando de esa persona con los demás, compartiendo anécdotas y recuerdos, trayendo a la memoria las vivencias compartidas (también las malas, extrayendo sus aprendizajes), manteniendo el vínculo con esa persona a través de quienes nos rodean y convirtiéndolo en una fuente de sabiduría para seguir adelante.

En ocasiones este temor a olvidar hace que las personas se aferren al dolor, quedando atrapadas en alguna de las etapas del duelo. La tristeza y el aislamiento pueden servirnos para que el recuerdo permanezca en el primer plano de nuestra mente. Algunas personas sienten que así se honra a quienes ya no están. De hecho, tiempo atrás el luto por los fallecidos implicaba ritos, señales y comportamientos en esta dirección que se alargaban en el tiempo como muestra de amor a la persona fallecida. Esta actitud se ha mostrado contraproducente: bloquea el afrontamiento del duelo e impide a las personas desarrollar sentimientos sanos y constructivos, tanto hacia quien ya no está como hacia los que se quedan. Pienso, mientras escribo, en La Casa de Bernarda Alba, de Lorca. Aunque se trata de un ejemplo dramático, no nos pilla tan lejano, ni en el tiempo ni en el espacio.

Quedar anclado en la tristeza no es la forma más constructiva de mantener vivo el recuerdo de nuestra persona querida. Tampoco le honra más. Y dudo mucho que sea lo que esa persona quería para ti. Permitirse soltar el dolor, compartir los recuerdos y recorrer el camino del duelo en compañía, gestionando nuestras emociones con el apoyo de quienes nos rodean, y si es necesario, de un especialista, nos aleja del olvido, del rencor y de las culpas.

La tristeza es una respuesta normal y esperable. Sin embargo, si te aferras a ella puede contaminar los recuerdos con esa persona, y el rastro de cariño y aprendizaje que ha dejado en ti. No permitas que te robe esos tiempos compartidos.

La orfandad, en palabras de Julia Navarro

Quienes seguís el blog de manera habitual, sabéis que la lectura es un de mis pocos vicios.

Aún estoy recuperándome de la resaca literaria que me ha dejado «Dispara, yo ya estoy muerto», de la gran Julia Navarro.

Se trata de una novela histórica en torno al conflicto árabe-israelí que te transporta de San Petersburgo a Jerusalén, París, Madrid o Toledo y te permite viajar, de la mano de sus numerosos personajes y sus vidas entrelazadas, desde finales del s. XIX hasta 1948. Como ocurre con otras obras de esta autora, se trata de una historia llena de historias.

Entre sus páginas he encontrado una frase magnífica que describe con precisión quirúrgica lo que muchas de las personas que han perdido a sus padres me han relatado en consulta.

Hoy quiero compartir esta joya con vosotros.

“El padre es el techo, la madre el suelo, y cuando ambos desaparecen uno siente que también ha iniciado la cuenta atrás y que ya no tiene sujeción alguna, quedando suspendido en el aire.” 

Cáncer: Cómo hablar con personas que lo padecen

¿Podéis imaginaros cuál es la pregunta que con mayor frecuencia escucha alguien que padece o ha padecido cáncer?

Seguramente habéis acertado: «¿Cómo estás?»

La intención tras estas palabras es, por lo general, amable y bondadosa: es una muestra de interés por la salud de la otra persona. No obstante, si nos ponemos en la piel de la persona enferma, descubriremos que pueden no ser de ayuda o incluso provocar daño.

¿Cuál es la respuesta apropiada? ¿»Bien, gracias»?

Si nos responden que están bien… ¿le daremos credibilidad a sus palabras? ¿de verdad está bien? ¿y si no lo está? ¿le apetecerá compartir con nosotros cómo se siente? ¿será el momento adecuado?

paciente onco quimioterapiaAnte un diagnóstico de cáncer, muchos de nosotros quedamos mudos. De entrada, la sorpresa, la tristeza, la rabia, el miedo… Se apoderan de nosotros. Con el diagnóstico comienza un duelo, con sus correspondientes etapas, y según el momento la emoción puede hablar por nosotros. Incluso en ocasiones, familiares y amigos, ante la falta de recursos para afrontar la situación y el temor a «meter la pata» o a no saber qué decir, evitan por completo no sólo el tema de la enfermedad, sino a la persona que la padece, lo que puede resultar enormemente doloroso: Un abandono es peor que un comentario inadecuado.

Por todo esto, y porque con la mejor intención se cometen enormes errores, es importante que estemos preparados para evitar ciertos comentarios inapropiados que, en este contexto, son muy comunes.

Stan Goldberg, especialista en comunicación y profesor en la Universidad de San Francisco, padeció una forma agresiva de cáncer de próstata. En su experiencia como enfermo oncológico, tuvo oportunidad de analizar cómo puede sentirse la persona ante ciertos comentarios benevolentes y cuál es la mejor manera de acompañar a estas personas durante su proceso: diagnóstico, tratamiento, manejo de las secuelas, recidivas… De su experiencia surgió un libro. «Loving, Supporting and Caring for the Cancer Patient»

Golberg, como tantos otros pacientes con cáncer, se encontró con personas con un discurso de ánimo: «tú tranquilo, todo irá bien», «verás como habrá cura, vamos a hacerle frente juntos»… El autor reflexiona: «las palabras de aliento pueden funcionar a corto plazo, pero a la larga pueden generar culpa si el cáncer es más agresivo y vence todos los esfuerzos de la persona».

La primera y más importante recomendación: Habla menos y escucha más.

La interacción con nuestra persona querida, a pesar de su enfermedad, no tiene por qué convertirse en un intercambio de preguntas y respuestas. No es un interrogatorio, es una conversación. Por esa razón, se recomienda el uso de preguntas abiertas, que permiten acceder a información más detallada y descriptiva, más profunda y valiosa. Las preguntas cerradas sólo permiten respuestas estrechas y limitadas y hacen que la conversación se extinga rápidamente.

Algunas recomendaciones sobre lo que NO se debe hacer:

  • Evita destacar los cambios físicos que se están produciendo: pérdida de peso, de cabello…
  • No le digas que tiene suerte de sufrir cierto tipo de cáncer y no otro. Nunca es una suerte tener cáncer, aunque pueda haber diagnósticos más desesperanzadores que el suyo.
  • No le sugieras realizar tratamientos no probados o de efectos y referencias dudosas…
  • Incluso si los hábitos y el estilo de vida de la persona pueden haber contribuido a su enfermedad (tabaco, mala alimentación…), no sugieras que se lo ha buscado. La culpa no es útil. Y en este momento, menos. Son muchos los factores que influyen en el desarrollo del cáncer: ni ser no fumadores nos libra, ni ser fumadores de cajetilla diaria nos condena.
  • No le sermonees sobre la importancia de una actitud positiva. Tiene derecho a sentirse mal. A entristecerse, a enfadarse, a tener miedo. La actitud es importante, sí, pero sus emociones son siempre legítimas. Y además, si el entorno insiste en esto, la persona enferma puede sentirse culpable si las cosas no salen bien. «Pase lo que pase, voy a estar a tu lado», es más justo, más validante y mucho más útil.
  • No seas morboso. Si la persona te quiere dar información sobre su pronóstico, está bien. Si no, respeta su privacidad y sus tiempos.
  • No provoques que la persona enferma tenga que cuidar de ti. Tal vez tus propios sentimientos te abrumen, pero no es momento para que él/ella tenga que hacerse cargo de ti. Está bien que le digas que sientes lo que está ocurriendo, pero por favor, no hagas un drama mayor del que ya es.
  • Antes que no decir nada o desaparecer de su vida, lo que le haría sentir que le abandonas o que no te importa su sufrimiento, reconoce tu propio proceso de duelo.

No pasa nada si no sabes qué decir. Tus palabras no le van a curar. Pero tu apoyo, tu presencia, aunque sea en un silencio respetuoso, sí va a serle de ayuda.

 


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Sobre rupturas: «¿Cuánto tiempo voy a estar así?»

Hace unas semanas hablábamos de las relaciones fallidas, los efectos de una ruptura, las ideas que se nos pasan por la cabeza y el gran aprendizaje que, después de un tiempo, podemos extraer de la experiencia. ¿Lo recuerdas? Puedes consultarlo aquí.

El desamor es una experiencia universal que nos afecta de múltiples maneras. Además del dolor emocional, podemos sentir una desagradable falta de control. La angustia y la tristeza se apoderan de nosotros y, entre las muchas preguntas que nos asaltan, entre toda la maraña de incertidumbre, aparece reiteradamente  ¿pero cuándo se me va a pasar? ¿cuánto tiempo estaré así?

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Si estás en este punto, tengo una buena y una mala noticia. ¿Por cuál empezamos?

Bueno, la buena es que no vas a estar así para siempre. Te lo prometo.

La mala, que nada que merezca la pena se consigue de la noche a la mañana. Y, desde luego, los cambios psicológicos son asuntos importantes.

Seguro que te ha ocurrido, o que conoces a alguien que haya pasado por la experiencia de intentar por todos los medios conseguir dejar de sentirse mal. Precisamente ese planteamiento, el de forzar el bienestar, el olvido, la curación, es una de las peores cosas que podemos hacer.

No pienses en un elefante rosa. Por favor, no lo hagas.

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Ni se te ocurra. Puedes pensar en cualquier cosa menos en un elefante rosa.

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¡Que te he dicho que no! Nada de elefantes rosas, ¡Te lo prohíbo!

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Puedes echarme la culpa si pasas las próximas horas pensando en elefantes rosas. La mente es así, y cuanto más intentemos evitar una cuestión, mayor relevancia y presencia tendrá en nuestras vidas. Precisamente por eso, el hecho de que te haya propuesto este pequeño ejercicio y haya insistido en la prohibición de dirigir tu mente hacia esos hermosos paquidermos rosados, nos sirve para ilustrar cómo nuestra cabeza, inevitablemente, va a llevarnos hacia aquello que queríamos evitar.

Tratar de olvidar algo por todos los medios es la mejor garantía para tenerlo presente.

En el caso de una relación, el tiempo, las experiencias y los sentimientos vividos dejan una huella muy poderosa que no va a desaparecer por el mero hecho de que insistamos en ello.

No, no puedes enviar a tu ex a la papelera de reciclaje y luego vaciarla. Puedes intentarlo, y ojalá diera resultado, pero no funciona así.

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El tiempo, pero no el tiempo que pasa, sino el tiempo que vives, es la clave en la superación de cualquier asunto doloroso. Dicen que lo cura todo, pero no es verdad.

El tiempo no cura nada. Te curas tú, mientras el tiempo pasa.

Vale, hasta aquí todo claro, pero… ¿Cuánto puede durar ese tiempo?

Recientemente se ha publicado en la revista Evolutionary Behavioural Sciences una investigación desarrollada por la University College London y la Binghamton University. Recogieron datos de más de 5.000 personas procedentes de 96 países. ¡Cuántos corazones rotos!

De acuerdo con sus resultados, en la mayoría de los casos las personas necesitan entre 6 meses y dos años para considerar que han superado la amarga experiencia de la ruptura.

¿Te parece mucho? ¿Poco?

Como en todas las investigaciones, hay variables que influyen en el tiempo que las personas tardamos en reparar nuestro corazón roto, y al parecer el género es una de ellas. Llegaron a algunas conclusiones interesantes:

  •  Las mujeres sufrimos con más intensidad en los primeros momentos, pero también nos recuperamos antes.
  • Los hombres tienden a comenzar una nueva relación sin haber superado del todo la ruptura anterior.

¿Coincide con tu experiencia?

Explican los investigadores que estas diferencias tienen que ver con que, por lo general, las mujeres invertimos más en cada relación por cuestiones que tienen que ver con la maternidad y otros temas tradicionalmente vinculados al género femenino. También concluyen que los hombres tienen una mentalidad más competitiva, como si constantemente estuvieran sometidos a la presión de atraer nuevas parejas. Como suele ocurrir con los resultados de estas investigaciones, los resultados son globales y seguramente haya una enorme variabilidad entre el grupo de mujeres, así como en el grupo de hombres. No nos lo tomemos como algo personal: Son datos generales. Después, cada uno tiene su experiencia , sus motivos, su historia…

Una variable crucial, tanto para hombres como mujeres, es la resiliencia.

Este concepto viene del mundo de la física, donde se usa para referirse a la resistencia de los materiales que se doblan sin romperse para recuperar su forma original. Los psicólogos lo tomamos prestado y lo usamos para hacer referencia a la capacidad que tenemos para superar circunstancias difíciles y crecer tras la experiencia.

Resiliencia flor en la nieve

Volveremos sobre esta cuestión en otro post. Hasta entonces, ¡cuéntanos!:

  • ¿Coincide esto con tu experiencia?
  • ¿Qué estrategias has utilizado tú para superar alguna ruptura?

 

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